miércoles, 25 de septiembre de 2013

voki

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martes, 10 de septiembre de 2013

"¿Por Que soy paramilitar?":Alvaro Uribe

El expresidente Álvaro Uribe respondió a los argumentos del magistrado Rubén Darío Pinilla Cogollo, de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín, quien indicó que existen indicios para demostrar los nexos del exmandatario con los paramilitares. 

En un documento publicado en su cuenta de Twitter, Uribe se pregunta: “¿Por qué soy paramilitar?” y desarrolla los siete puntos que utilizó el magistrado ante la el Tribunal Superior de Medellín para ordenar una investigación en su contra.

Pinilla se preguntó sobre las alianzas de Uribe con el general Rito Alejo del Río, condenado por los nexos con paramilitares; con el general Mauricio Santoyo, condenado por la justicia de Estados Unidos por vínculos con grupos paramilitares y organizaciones del narcotráfico; con Jorge Noguera, exdirector del DAS condenado por sus relaciones con el Bloque Norte de las AUC, y con María del Pilar Hurtado, asilada en Panamá y comprometida con las interceptaciones telefónicas ilegales realizadas a opositores del Gobierno, magistrados, periodistas, entre otros. 

“No puede ser que ignorara todo lo que estaba sucediendo en esos casos o todos esos hechos se cometieran a sus espaldas como tantos otros que se atribuyen a sus colaboradores más cercanos y que tampoco podía ignorar”, afirmó el magistrado. 

En su defensa, Uribe explicó que “por el general del Río, siento solidaridad por quienes son víctimas de injusticia”. Respecto a Noguera, opinó que “fue ostentoso en el DAS, pero nunca criminal”. A María del Pilar Hurtado la defendió asegurando que “esta señora, honorable, es víctima de las influencias que de vieja data habían tejido en el DAS grupos criminales”.

Otro de los casos que utilizará el magistrado para pedirle a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes que investigue a Uribe es la creación de las Convivir, promovidas principalmente por el expresidente y que, a juicio de Pinilla, se convirtieron en “un germen del paramilitarismo”.

En este sentido, Uribe aseguró que “como gobernador de Antioquia la apoyé y la promoví porque creo en la colaboración ciudadana con la fuerza pública”, pero que su familia nunca se involucró con estos grupos y que él no se relacionó con tareas estatales entre el 2 de enero de 1998 y el 7 de agosto del 2002, fechas en las que finalizó su período como gobernador y comenzó a ejercer la Presidencia, respectivamente. 

Además, Pinilla afirma que en el período de Gobernación de Álvaro Uribe, esta institución fue informada de la masacre que los paramilitares cometieron en El Aro, Ituango, en octubre de 1997. A pesar de ello, no se apoyó a la comunidad durante siete días y, posteriormente, Uribe desmintió las denuncias de lo ocurrido, según el magistrado. 

Ante esto, el expresidente y exgobernador de Antioquia respondió que se preocupó más por la seguridad “de lo que correspondía a la costumbre”. “El CTI de la Fiscalía rectificó en detalle la infame acusación de que en compañía de mi hermano, y de generales de renombre, uno fallecido meses antes, había ido al paraje La Caucana, a preparar la masacre del Aro. Y ahora me acusan de haber sido informado previamente y de no haber actuado”, agregó Uribe. 

El político aprovechó la ocasión y explicó que la Operación Orión que se realizó durante cuatro días en octubre del 2002 en la Comuna 13 de Medellín “fue una de nuestras primeras victorias parciales, que empezaban a construir fe en la posibilidad de construir un país seguro. Fue una operación eficaz y transparente que ahora los delincuentes pretenden mancillar”. 

Esta operación fue adelantada por tropas de la IV Brigada y comandada por el entonces general Mario Montoya con el propósito de atacar a la guerrilla que estaba en ese sector de Medellín. 

Sin embargo, Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’, ha asegurado en múltiples ocasiones que los organismos de seguridad del Estado le pidieron la colaboración al Bloque Cacique Nutibara para participar en el procedimiento que dejó centenares de muertos y decenas de desaparecidos. 

En su defensa Álvaro Uribe también explicó cómo fue su relación con Pedro Juan Moreno, señalado por paramilitares como uno de los líderes de las autodefensas, y su posición ante la negociación de la ley de Justicia y Paz.

Esto se suma la decisión de los abogados del exmandatario, que no se quedaron quietos y anunciaron este fin de semana que Uribe denunciará al magistrado Pinilla por injuria y calumnia.

Guillermo Torres / SEMANA

monseñor parolin:sea usted ministro del interior

El papa Francisco acaba de nombrar como su segundo hombre de a bordo a monseñor Pietro Parolín en reemplazo de monseñor Bertone que, ya es justo decirlo, tiene nombre de bloqueador solar. Para muchos católicos fue una grata sorpresa haberse acostado la noche del jueves con Bertone y haber amanecido el viernes con Parolín: no en vano estamos ante un miembro metelón de la santa institución que tiene por delante el desafío de modernizarla, por un lado, y el de evitar, por el otro, que la gente se ría cuando el mismo Parolín diga en las homilías “lo tenemos levantado hacia el Señor”.

La hoja de vida del nuevo secretario general del Vaticano es envidiable: Parolín se ha destacado en todas las posiciones, en todas, aunque muy particularmente en la de misionero. En efecto, monseñor encabezó misiones pastorales en Nigeria, México y, más recientemente, Venezuela, donde posiblemente inspiró la famosa frase del presidente Nicolás Maduro, según la cual Nuestro Señor multiplicó los panes y los penes. Nadie duda, pues, de que, con ayuda de Parolín, Bergoglio ganará en presencia.

Hago toda esa introducción porque ha llegado el momento de solicitarle al papa Francisco que nos ceda a su mano derecha para que Santos lo incluya en el gabinete y recupere la popularidad. Porque con el equipo que nombró esta semana, dudo de que lo consiga.

No se me entienda mal. No quiero criticar al presidente, mucho menos tras la reciente crisis ministerial, que permitió la renuncia protocolaria de ministros y altos consejeros: es decir, de unas 250 personas, incluyendo a Juan Carlos Mira, el consejero para las regiones, aquel un muchacho digno de su apellido. Porque mientras las regiones arden, Juan Carlos mira.

No lo quiero criticar, digo, y menos ahora que estrena un reluciente conjunto de ministros reconocidos para cualquiera, cuyos nombres se me escapan en este momento. El de todos, salvo el de Amylkar Acosta: egregio prohombre, prístino, puro, que, como diría Simón Gaviria de Guerra Tulena, representa la sangre fresca del Partido Liberal. 

Sin embargo, yo habría refrescado al gobierno rotando a sus funcionarios más destacados. Pongamos por caso a Luchito Garzón, consejero para el diálogo social: si Luchito no tomó medidas en el único momento en que el cargo que le inventaron tenía alguna relevancia –aquel momento en que la protesta estaba tan prendida como él mismo después de un concierto de don Omar– es porque está tratando de dejar de tomar. 

Y eso no solo es loable sino que explica la frase que legó en aquellos días aciagos, digna de ser tallada en mármol para que no la olviden las futuras generaciones: “El paro no es ni muy muy, ni tan tan”, dijo entonces, mientras daba un brinquito y se subía los pantalones, escurridos como su gestión.

Dicho lo anterior, Luchito, con un par de tragos, destacaría como ministro de Ambiente. Y Gina Parody de Agricultura: que hable con una papa en la boca es un evidente guiño para los paperos. El ministro de las TIC podría haber pasado a la cartera de Salud para seguir repartiendo tabletas como un loco, sean las que sean, sin preguntar si las saben prender. Y Simón Gaviria habría podido ingresar al de Educación, al menos para que la reciba y no se dé por aludido cada vez que el presidente utilice la expresión “tacan burro”. 

Más delicado es el caso de Carrillo. Entiendo que enviar a Federico Renjifo, con todo y novia, a la embajada de París, es una manera de apropiarse de la política del amor que pregonaba el alcalde Petro, transformada por su mujer en la política de los celos. Pero sería una afrenta que no le cedan esa embajada a Fernando Carrillo, el pobre exministro del Interior que durante 15 días tuvo que enfundarse la chaqueta Burberry´s que utilizaba para atender las crisis de la provincia, e ir de un lado a otro sofocando huelgas. 

Se la tuvo que poner dos semanas seguidas, todos los días: ¿creen que es agradable ese plan? ¿Creen que es agradable pasar una noche entera en Tunja, otra noche entera en Ipiales? ¿Cuánto vale lavar esa chaqueta en Classic? ¿Pagará ese gasto el gobierno, al menos?

El ministro Carrillo, por eso, merece irse a París. Y acá entra monseñor Parolín. Porque, a diferencia del desafortunado Aurelio Iragorri, Parolín sí se haría notar en el Interior y sería capaz de levantar este gobierno, cada vez más desgonzado y blandito, y ávido de una reerección que parece imposible.

Mis relaciones con la Iglesia han sido como las de ciertos sacerdotes con sus monaguillos: tirantes. En especial desde el escándalo de pedofilia del padre Rozo: un cura que tenía palito para los niños, por decirlo en términos coloquiales. Pero, seamos sensatos: las dos máximas autoridades del país, el presidente y el vicepresidente, somatizaron sus problemas de próstata en el desempeño del gobierno, que ahora sucumbe ante los paros. Y si alguien sabe de paros, ese es Parolín.

No me cabe duda de que, a diferencia de los nuevos ministros, monseñor Parolín representaría un cambio verdadero. Al menos solucionaría la penosa impotencia gubernamental. Y ayudaría a que Santos no se queme, asunto que parece inevitable aunque se embadurne de bloqueador solar. A menos de que sea marca Bertone.

Por Daniel Samper Ospina

mal gobierno

Juan Manuel Santos empezó su gobierno lanzando audaces iniciativas, contradictorias con lo que de él esperaba, o se temía. Cada vez que se asomaba al balcón de la televisión para anunciar alguna la calificaba de “histórica”, de “trascendental” y de “sin precedentes”. 

Y eran por lo menos, como digo, sorprendentes. Para decepción de los uribistas, que lo 
habían creído tan uribista como su jefe: reconocimiento de la existencia del conflicto armado interno y búsqueda negociada de la paz; normalización de las relaciones con los países vecinos; reconciliación del gobierno con las altas cortes. 

Y para asombro de sus críticos, que siempre lo habíamos visto como de la pura almendra neoliberal en lo económico y del tuétano represivo en lo político: devolución de tierras; reparación de víctimas; incluso legalización de las drogas en contra de la doctrina prohibicionista de los Estados Unidos. ¿Eso era de repente Santos? Nadie lo podía creer. Cambiante sí, desde luego: siempre con el viento en popa. Pero, ya desde el poder propio ¿antisantista?

Costaba creerlo. Yo acababa de escribir, durante la campaña electoral, una columna titulada ‘Es peor Santos’: peor incluso que un irresponsable megalómano como el candidato del pantano verde, Antanas Mockus. Venía de ser nada menos que ministro de Defensa de Uribe, y en su zigzagueante carrera había sido ministro de Comercio Exterior de Gaviria y ministro de Hacienda de Pastrana. Pero ahora anunciaba que sería “un traidor de clase”, que haría “llorar a los ricos”, que devolvería a los campesinos las tierras del despojo y repararía a las víctimas, que buscaría la paz dialogada con la guerrilla. 

Después se fue arrepintiendo de sus ruidosos anuncios, que en la práctica resultaron ser como el famoso parto de los montes de los fabulistas. De devolución de tierras hubo poco: apenas algo de titulación de baldíos –y después se supo que eso era para grandes empresarios. La trompeteada reforma de la Justicia se diluyó en componendas sórdidas con magistrados y parlamentarios. La protección del medio ambiente se estrelló contra la atribución de 15 millones de hectáreas a la exploración minera. El llanto de los ricos se convirtió en una caricia: una reforma tributaria que los eximió de pagar impuestos por las herencias y por los dividendos. La protección al agro consistió en reducirle su cuota de presupuesto.

El resultado de esos tres años de incumplimientos le está cayendo ahora encima a Santos de un solo golpe. Lo castigan las encuestas de opinión: nadie, desde que existen, las había tenido tan malas. Lo castiga la realidad del descontento, manifestada en paros y protestas: no se había visto unanimidad semejante desde el paro del 14 de septiembre de 1977 contra López Michelsen. 

Lo castiga la voluble clase política de la Unidad Nacional, hasta ayer ebria de mermelada como una mosca de miel: casi no consigue encontrar ministros para remendar su gabinete llegado su último año. Que puede ser de verdad el último, pues aunque no se ve todavía ningún rival de peso ni a su derecha ni a su izquierda, hasta la reelección deseada por su corazón se le complica. 

Juan Manuel Santos, que se preparó toda la vida para gobernar a Colombia y hace veinte años montó con ese propósito una fundación llamada ‘Buen Gobierno’, que se consideró a sí mismo un estadista de dimensiones históricas, comparable a los más grandes que ha dado América (pues la modestia no es su fuerte), ha decepcionado a todo el mundo. Se presentaba como la reencarnación del López Pumarejo de la Revolución en Marcha. Y ha resultado una copia del López Michelsen del Mandato Claro. Si de este se dijo que había sido en realidad un Mandato Oscuro, del Buen Gobierno de Santos puede decirse que ha sido un Pésimo Gobierno.

Él mismo, hace unos días, en la celebración del centenario del nacimiento de López Michelsen, se dejó ir en un revelador lapsus freudiano: “También recordamos –dijo– a López el gobernante: el que se propuso avanzar en ‘cerrar la brecha’ de desigualdad, algo que hoy seguimos haciendo con absoluta convicción”. Han pasado cuarenta años, y con la misma convicción de entonces la brecha se sigue ensanchando y ahondando.

Por Antonio Caballero

gobernadores que no debieron serlo

Las revelaciones de estos días sobre los gobernadores de Sucre, Julio Guerra Tulena; de Magdalena, Luis Miguel Cotes, y de Cesar, Luis Alberto Monsalvo Gnecco, me han hundido en una terrible decepción. Sobre los riesgos de corrupción o de compromiso con  las mafias de estas personas había advertido en los meses previos a su elección

También había llamado la atención sobre Cielo González de Huila, Nelson Mariño de Casanare y Héctor Fabio Useche, gobernadores destituidos. Prendí las alarmas sobre el gobernador de La Guajira, Kiko Gómez Cerchar, e hice anotaciones preocupantes sobre los gobernadores de Santander, Richard Aguilar, y de Arauca, José Facundo Castillo. 

Las investigaciones sobre las elecciones de 2011, realizadas por un calificado grupo de profesionales encabezados por Claudia López, decían que estas personas, de ser elegidas, podrían causar un grave daño a los departamentos por sus antecedentes personales o por los grupos familiares y políticos que los rodeaban. Alertamos al gobierno, a los partidos políticos, a la opinión pública con datos y testimonios recogidos con mucho juicio y ponderación en las regiones. 

Nos sometimos a diatribas y amenazas, a demandas y duras controversias. Para nada. Ni los partidos fueron capaces de retirarles el aval, ni el gobierno nacional y la opinión pública pudieron detener su elección. He sentido el asombro de muchos periodistas ante la decisión de la Gobernación de Sucre de entregarle una vez más el negocio del chance  a una empresa de Enilse López, alias La Gata.  

También ante tan descarada asignación del contrato para construir la llamada vía de la prosperidad al Consorcio Ribera Este, proceso en el cual el gobernador Cotes desoyó todos los llamados y los cuestionamientos del gobierno nacional y de la Controlaría General de la Nación. El influyente e incisivo Julio Sánchez Cristo se la jugó toda para detener estos contratos y nada pudo. El Tiempo criticó severamente la actitud de las gobernaciones. ¿Por qué estos gobernadores se atreven a desafiar a instituciones nacionales y a poderosos medios de comunicación? 

¿Por qué las mafias del contrabando y el narcotráfico están haciendo su agosto en Cesar con la complacencia del gobernador Monsalvo Gnecco, tal como lo denuncia en un  documentado artículo de la Silla Vacía?  ¿Por qué Kiko Gómez sigue tan campante en La Guajira después de que SEMANA le dedicó una portada y un artículo con graves y sustentadas acusaciones? Nada  les importa. Están dispuestos a todo. Han descubierto que la acción política contra ellos o las decisiones de la Justicia no llegan nunca o lo hacen cuando tienen las manos llenas de dinero y han construido una aterradora trama de poder. 

Al presentar las investigaciones que advertían el riesgo de que estas personas llegaran al poder en estas regiones, decíamos que los compromisos que tenían con grupos herederos de la parapolítica y con mafias de la contratación llevarían irremediablemente a que sus mandatos estuviesen rodeados de escándalos y cuestionamientos. Ocurrió primero con los gobiernos de Valle, Huila y Casanare, ocurre ahora con los de la Costa. Todo esto se habría evitado si los partidos, los organismos electorales y el gobierno nacional hubiesen actuado a tiempo. Los costos para las instituciones son enormes. Me entristece y me decepciona esta situación. 

El caso del triángulo compuesto por La Guajira, Cesar y Magdalena es alarmante. Cada día es más un territorio de nadie. Tuvimos la ilusión de que la desmovilización de alias Jorge Cuarenta y de Hernán Giraldo, lo mismo que los juicios a un importante grupo de dirigentes políticos que se aliaron con ellos, sería el comienzo de la reinstitucionalización de la región y de la normalización de la vida democrática en estos territorios. No ha ocurrido así. Otros líderes políticos ligados a las mafias han tomado la batuta, otros clanes y grupos mafiosos están controlando el territorio traspasando la frontera y llegando hasta Maracaibo. 

De los gobernadores de Arauca y Santander no se conocen aún escándalos importantes. Ojalá no ocurran. Pero la condena a Hugo Aguilar, padre del mandatario de los santandereanos, ratifica los nexos de esta familia con el fenómeno de la parapolítica. También una significativa función de advertencia realizada por la contralora, Sandra Morelli, al gobernador de Arauca a propósito del contrato de la remodelación y readecuación del hospital San Vicente revive el temor al fantasma de la corrupción.

Por León Valencia



historia de una traicion

Quien traiciona será traicionado, dice el dicho. Y el turno para ese acto alevoso, parece haberle llegado al propio presidente Santos, experto como nadie en estos avatares. ¿Y quiénes son los que quieren traicionar al presidente Santos? Pues nada más ni nada que sus socios políticos, los partidos mas poderosos de la unidad nacional que, en el momento mas critico de su gobierno,en lugar de apoyarlo, le dieron la espalda 


La traición goda: Mientras el país se llenaba de marchas y de protestas y el descontento crecía, el Partido Conservador, miembro de la Unidad Nacional anunció que iba a presentar una moción de censura contra la canciller María Ángela Holguín. La moción sorprendió no porque no tuviera sustento sino porque provenía de un partido miembro de la coalición de gobierno. 

A la semana siguiente, Omar Yepes, el jefe del Partido Conservador salió a los medios a decir que estaban muy descontentos con Santos porque les quería reducir su porción de mermelada e insinuó que si esto sucedía su partido no le quedaba más remedio que irse a donde Uribe. Además de su falta de sintonía con el país –Yepes ni siquiera se refirió a la situación de los campesinos–, le reclamó a Santos por el bajo presupuesto del Ministerio de Agricultura. 

De refilón, dijo que ninguno de los ministros conservadores que había en el gabinete representaba al conservatismo y que estos habían sido escogidos sin el concurso de la dirección del partido. Aunque después fue recogiendo esta andanada, a medida que pasaba la semana, fue evidente que Yepes aprovechó la crisis del gobierno no para ayudar sino para extorsionar al presidente. Con estos amigos políticos, para qué enemigos.

-La traición liberal: En medio de las marchas y de las protestas, su jefe Simón Gaviria nunca se puso la camiseta para apoyar a Santos ni lo hicieron los ministros liberales. El único que lo hizo fue Aurelio Iragorri, de La U, quien se arremangó y se metió en el barro de la negociación. Mientras los conservadores pedían sus puestos públicamente, los liberales filtraban sus ambiciones a los medios y se empezó a mover la idea de que si iba a haber un cambio de ministros este tenía que favorecer al Partido Liberal, porque era el que lo iba a llevar a la reelección. 

Sin embargo, la estocada final vino con la entrevista en Caracol radio del expresidente César Gaviria en plena crisis del gobierno Santos. Se esperaba que él, que era considerado el socio político de más influencia en Palacio, saliera en defensa de Santos, como de hecho lo hizo Germán Vargas Lleras, tal vez el único de los potenciales traidores que salió a apoyarlo. Pero no solo no lo apoyó sino que lo fustigó. 

Cuestionó su lejanía con el poder, cosa innegable, y remató diciendo que la razón por la cual Santos tenía problemas era porque “hacía muy poca política”. Solo le faltó decir que la mejor forma de subsanar esa falta de política era dándole más ministerios al Partido Liberal para impulsar esa gesta heroica que está haciendo su hijo Simón Gaviria del renacer liberal. 

De esta forma la saga de la traición tuvo un nuevo corolario: Santos traicionó a Uribe, los socios políticos traicionaron a Santos y a estos los traicionó la codicia. 

Prueba de que Santos se siente traicionado es la forma como recompuso su gabinete: mandó al carajo a las directivas de los partidos Conservador y Liberal. Sacó dos de los tres ministros conservadores y castigó la gula del liberalismo al conminarlo a un solo ministerio, desde donde le tocará a Simón Gaviria seguir impulsando el renacer liberal sin la mermelada que esperaban. 

Y al nombrar a Alfonso Gómez Méndez en la cartera de Justicia, un importante liberal que Gaviria había condenado al ostracismo, Santos castigó la deslealtad del expresidente César Gaviria. Vamos a ver cuánto dura este gabinete antes de se produzca una nueva traición.

Por María Jimena Duzán


Colombia gano sus últimos cuatro partidos en casa, con 13 goles anotados y ninguno recibido

Todos los puntos son importantes a la hora de buscar la clasificación a un mundial de fútbol, pero los de las dos fechas que vienen para la Selección Colombia de José Pékerman pueden ser los definitivos para llegar a Brasil-2014 y volver a estar entre los mejores del mundo después de 16 años de ausencia.
La Selección está hoy en el segundo lugar de la eliminatoria, con 23 puntos. De ganarle este viernes a Ecuador, Colombia tendrá asegurado al menos el repechaje. ¿Por qué? Porque a Venezuela, que está hoy en la sexta casilla, con 16 puntos, solo le quedan tres partidos por jugar, pues en la última jornada tiene fecha libre. Lo máximo que puede conseguir son 25 unidades (y, de paso, frenaría a Perú, que solo podría hacer 23 al perder con el equipo que dirige César Farías).
Cabe recordar que en las últimas cuatro eliminatorias, Ecuador solamente logró sacar un punto como visitante frente a Colombia: fue el 5 de septiembre de 2001, en Bogotá 
.¿Por qué hay que hacer cuentas con Perú?
Porque si gana todos los partidos, quedaría con los mismos 26 puntos que haría Colombia, pero tendría que ganar por goleada lo que le falta y que el equipo de Pékerman también reciba muchos goles para cerrar la brecha de la diferencia de goles: Colombia tiene hoy +14 y Perú, -5.
Con 27 puntos, Colombia estará fija en el Mundial sin depender de ningún otro equipo. Incluso con 25 también podría clasificar directamente, pero tendrá que esperar a las dos fechas finales de la eliminatoria y a que haya una combinación de resultados en la que Chile no haga más de tres puntos y que Venezuela no consiga más de siete unidades.
En la ruta hacia Francia-98, la única que se disputó en el formato de todos contra todos y sin Brasil, que ya estaba clasificado como campeón, el cuarto, Chile, entró con 25 puntos y diferencia de goles (+14, contra -1 de Perú). Y en las restantes eliminatorias, si no se tuvieran en cuenta los partidos contra Brasil, ningún equipo con menos de 26 puntos se hubiera quedado por fuera del Mundial.
En un momento de la eliminatoria en el que muchos todavía están tratando de cuadrar cuentas, Colombia tiene en sus manos, como hace mucho no ocurría, la clasificación al Mundial. De conseguirla en la fecha que viene, sería la ocasión en la que la obtuvo con mayor anticipación. Al Mundial de Francia-98 avanzó faltando dos partidos. Para Corea y Japón-2002 y Alemania-2006, llegó a la última fecha con opciones. Y para Sudáfrica-2010, la eliminación se selló con una fecha de anticipación. En tan solo una semana podríamos estar hablando de una fiesta, una fiesta por asegurar el regreso a un Mundial.
JOSÉ ORLANDO ASCENCIO
Subeditor de Deportes
EL TIEMPO